2009
ISSN 0718-6665
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El cambio. El famoso cambio. El terrorífico cambio. Decimos que queremos cambiar, pero todos le tenemos miedo al cambio. Sobretodo cuando nos va bien, cuando estamos cómodos, cuando ciertas formas a nuestro alrededor parecen protegernos y asegurarnos de que seguiremos bien para siempre…

Pero también tenemos miedo cuando no nos va tan bien. Porque resulta que a lo mejor el cambio podría llevarnos a una situación peor. Me hace recordar a una colega periodista que tiene la gran capacidad de reírse de sí misma y de todo lo que sucede. Ella decía: “Los tiempos malos pasan, llegan

peores…”

Pero cuando nos toca vivir esos famosos “tiempos malos”, y nos damos a nosotros mismos la oportunidad de vivirlos sin miedo… aprendemos. Aprendemos de verdad. Por la experiencia. Cuando comprendemos que estar tensos, desesperarnos y lamentarnos sólo nos lleva a más de lo mismo… Bueno, ahí hay por lo menos dos posibilidades.

Una de ellas es dejarnos llevar por ese dolor, ese miedo, esa necesidad de seguridad que no encuentra asidero, hasta enfermarnos y dejarnos morir

de resentimiento y pena.

Y la otra, no morirnos (a veces morirse no resulta, por más que uno le ponga empeño) y aprender. Aprender a vivir confiando en el universo y en la propia capacidad para superar lo que venga; aprender a andar contento aunque no sepas cómo vas a pagar la cuenta del teléfono; aprender “buceando hacia adentro” y encontrando ahí nuestros recursos, ésos que no sabíamos que teníamos, pero que estaban ahí, listos para ser utilizados; aprender eso que suena a lugar común (y que lo es) pero que pocos practican, que es disfrutar y dar gracias.

Después de adaptarme y adaptarme y adaptarme…, y no morir en el intento, aprendí que los seres humanos hasta podemos ¡producir el cambio!

¿Gracias de qué? ¿Disfrutar de qué? ¿De lo mal que estoy? Gracias quizás por estar vivo, por no tener ninguna enfermedad grave (todavía, diría el pesimista), por tu familia, por tus hijos, por el amigo o amiga que no olvida llamarte de vez en cuando, por los árboles del parque, por los pájaros que te acompañan en tu insomnio de las cinco de la mañana… gracias porque sí, por tener ganas de dar gracias…

Ser por un rato ese loco o esa loca que eligió no morirse, ése que pasó por todos los hoyos negros de la existencia, ése que agradeció tener el amigo que le ofreció una oreja amable, ése que sabe que puede disfrutar aunque no tenga plata para ir al mall a comprar, ése que tuvo que

cambiar…

Porque, como dicen los sabios, lo único que no cambia es el cambio. Recuerdo que antiguamente, cuando era niña, las cosas cambiaban a velocidades muy lentas, y los cambios eran suaves, manejables. Había en el ambiente una especie de resignación ante los cambios.

Más adelante tuve que aprender a adaptarme a los cambios. A veces en forma fácil. Otras, con pataletas. Pero al final, ese órgano de la adaptación que todos tenemos (aunque algunos más ejercitados que otros) terminaba por hacer que nos acostumbráramos a la nueva situación y hasta lo pasáramos bien en ella.

Y ahora, bueno, ahora, después de adaptarme y adaptarme y adaptarme, y no morir en el intento, aprendí que los seres humanos hasta podemos ¡producir el cambio!

Y aquí es dónde entra el coaching. La mayor atracción que el coachig ejerce sobre mí es su profundo rol en relación al cambio. En lo macro y en lo micro. Ante el cambio que vive la sociedad completa hoy, momento de crisis quizás  inesperada para el mundo “civilizado” –que cae como resultado de su propia trampa insostenible-, y ante la transformación personal que los grandes cambios implican a cada ser humano sobre el planeta. O por lo menos a millones de seres humanos de esta parte del mundo.

El mayor atractivo del coachig es su profundo rol en relación al cambio. En lo macro y en lo micro.

Podemos llorar sobre los restos de nuestra maravillosa economía occidental que se deshace. O podemos aprovechar el momento para crecer y, como dicen los orientales, convertir la crisis en oportunidad.

¿Oportunidad para qué? Para respirar profundo. Para mirar las caras de nuestros hijos, de nuestros nietos, de nuestra pareja y darnos cuenta que ellos han estado ahí todo el tiempo. Para vivir lo único que tenemos: el presente. Y vivirlo a concho. Sin miedos, o con miedos pero viendo nuestros miedos, aceptándolos como parte de este ahora perfecto, de este momento que no se va a repetir.

De un gran maestro espiritual aprendí que sólo hay dos

formas de estar en el mundo: en tensión o en expansión. Ante cada situación que la vida me pone, me pregunto cómo la voy a vivir: ¿sufriéndola o disfrutándola? A veces se me olvida, y lo paso mal un buen rato. Pero luego recuerdo y retomo el hilo…

Por eso me entusiasmó y me sigue entusiasmando el coaching, porque, como dice Whitmore, el coaching, más que un instrumento de cambio (que también lo es), es una manera de ser. Y yo creo que esa manera de ser tiene que ver con cómo uno enfrenta los cambios, los de afuera y, más importante aún, los de adentro.

Siento que en el coaching se resumen, sin grandes ni rimbombantes filosofías ni rituales ni demostraciones de fé, las más profundas y

verdaderas premisas de la filosofía tanto oriental como occidental, la que ha sido llamada la “filosofía perenne”. Porque, estoy segura –lo he comprobado más de una vez- si yo cambio, el mundo cambia.

Es el momento de volver a soñar, de retomar las visiones olvidadas de un mundo más digno, más justo, más amable. Y, desde lo que hay, poner lo que somos al servicio de este momento que nos abre todas las posibilidades para reconstruirnos desde una mirada fresca y nueva, dando el espacio a todas las potencialidades que quieren expresarse para nuestra propia armonía y la del mundo que nos rodea.

¡Hasta la próxima edición!

Tatiana Vega P.

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