Cuando tenía 6 años de edad, me enamoré de un papel con tinta. Eso que suena muy extraño, en realidad no lo es tanto, como verán. Claro que no era un papel cualquiera: eran miles, todos iguales, que venían saliendo de una máquina enorme con rodillos; a su vez, antes habían salido de un taller fotomecánico; antes de eso, venían de un taller fotográfico; y antes de eso, de una cámara fotográfica con una placa sensible a la luz; y antes de eso, una señora miró al lente cuando el fotógrafo disparó el obturador... La señora era Rita Hayworth, retratada en la portada de la revista LIFE. Ella nunca supo lo que me pasó; tampoco creo haber sido el único que reaccionó así, y tampoco creo que yo fuera entonces un ser anormal. Era un cabro chico como todos: jugaba a la pelota, mascaba chicle, andaba en bicicleta y miraba todo. Pero esa tinta negra sobre un papel blanco, repartida de esa manera tan especial, me produjo un efecto que aún recuerdo.
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En el pasado, durante cientos de miles de años, antes de la civilización agraria y la civilización como la hemos ido conociendo, fuimos, con toda seguridad, nómadas recolectores, andariegos que recorríamos estepas, planicies, selvas y desiertos en busca de alimentos y lugares donde guarecernos de las inclemencias del clima y de otros predadores para los cuales resultábamos un manjar. Para esto nos valíamos de nuestros sentidos como contacto con el mundo real. Escuchábamos y mirábamos. Nuestra alerta sensorial es lo que nos permitía sobrevivir. Cualquier cosa extraña en el ambiente y ¡cataplum!: reaccionábamos de manera instantánea y automática. No había nada que pensar o reflexionar, solamente reaccionar... Una línea directa que va desde lo que detectamos en el entorno a nuestro centro de evaluación inmediata, sin más trámite. Lo que está ahí me gusta o no me gusta, me atrae o me repulsa, me invita a acercarme o a huir. Posiblemente esto fue suficiente para poder |
movilizarnos y sobrevivir como cazadores-recolectores solitarios durante cientos de miles de años. El resto de los animales funciona igual, cada uno especializado para detectar y evaluar lo que le conviene o no de su entorno.
Pero ellos se quedaron ahí. Nosotros, en cambio, desarrollamos este increíble sistema de ruidos o sonidos y signos -el lenguaje- que nos ha servido para crear todo lo que conocemos como Civilización. También desarrollamos una inusitada tendencia a representar objetos, además de animales y personas, en paredes de cuevas, piedras, tumbas, monumentos, papiros y, en los últimos dos milenios, en todo tipo de soportes, desde telas y papel hasta placas de vidrio con sales de plata, las primeras placas fotográficas, etc. Solamente en la última mitad de siglo XX aparecen (con un éxito inusitado) las técnicas masivas de reproducción de imágenes artificiales en libros, revistas, prensa, telones de cine, TV, computadores, celulares y todo lo demás que estará por venir. |