No siempre se dan las condiciones ideales, pero aún así, los efectos de un proceso de coaching sorprenden. Es lo que me sucedió en un caso concreto que puede ser interesante compartir con otros colegas coaches.
Cuando una empresa contrata coaching para sus empleados, lo que uno espera es que ésta explicite muy bien el objetivo, es decir, para qué lo está contratando. Normalmente, se trata de mejorar competencias en sus ejecutivos, tales como liderazgo, comunicación, trabajo en equipo, empoderamiento en un cargo nuevo, capacidad de toma de decisiones, organización del tiempo, etc. Como cada persona es diferente, se definen objetivos de mejora a nivel individual, los que se consensúan entre las partes. Además, en este proceso de negociación, se suele dar la oportunidad de incorporar al coaching algún objetivo de índole personal, pues se entiende que las personas somos seres integrales y que la resolución
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de problemas en un ámbito beneficia a todo el sistema.
Una vez definido lo anterior, lo que sigue es explicar de qué se trata el coaching, cómo se desarrolla el proceso a través de sesiones individuales, que lo tratado en cada sesión es absolutamente confidencial, y que -como el foco es conciencia y responsabilidad a través de la acción- cada sesión dará origen a tareas a realizar por parte del coachee (persona que recibe el coaching), etc.
Así, cada empleado tiene claro de qué se trata el proceso y, además, está muy expectante y comprometido. Comprometido con el proceso, pues percibe que es una oportunidad de mejora para él mismo y para su carrera, y comprometido con su empresa, pues reconoce la confianza depositada en él y, también, la inversión que se está realizando en su beneficio.
Y, por su parte, la empresa tiene claro exactamente lo que está contratando y los beneficios que espera recibir como resultado del proceso.
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¿Qué pasa cuando lo anterior no se da, cuando una empresa contrata coaching para su plana ejecutiva sin explicitar el objetivo, sin explicarles para qué se les contrató un coach y sin que sepan de qué se trata el proceso?
Definitivamente, no es fácil. Ni para el coach ni para los ejecutivos.
En un coaching ejecutivo, el objetivo del coach en la primera sesión es generar “rapport”, ganarse la confianza de la persona, y empezar rápidamente a trabajar en los temas definidos y acordados con ella y la empresa.
Cuando lo anterior no se da, la primera dificultad en la primera sesión es remontar la desconfianza. Rondan en el aire preguntas como: ¿Qué hago aquí? ¿Quién es esta persona? ¿Qué es un coach? ¿De qué le tengo que conversar? ¿Qué uso se le va a dar a la información que le entregue? ¿Quién me mandó? ¿Por qué? ¿…?
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